Por José Juan Guzmán

El primero en darse cuenta fue el jubilado Genaro Méndez. En las largas horas de su olvido y su ir y venir por la vida alimentando palomas en el parque y tomándose cafés de un lado y otro del centro, había tomado la costumbre de despertarse un día a la semana antes que toda la familia para revisar por todos los rincones de la casa los restos de basura que los hijos y nietos habían escondido durante la semana, para luego meterla a la bolsa principal,  amarrarla, salir a la puerta con ella y esperar a que pasara el camión municipal con sus muchachos recolectores saltando de forma tan fugaz que podía comparárseles con jugadores de futbol en los últimos cinco minutos del partido.

Aquel día esperó más de lo normal y siguió esperando una hora más, pero el camión nunca llegó. Pronto estaba por renunciar y dejar la bolsa a merced de los perros —su principal terror— cuando escuchó a una vecina de aquellas despeinadas y de años mozos, decirle que no se preocupe don Gena, que ya dijeron en las noticias que hoy no pasan.

Un grupito de vecinos se reunió para ver de qué se trataba el asunto. Pronto corrieron los rumores: un accidente del camión, el fallecimiento de uno de los muchachos futbolistas, una huelga, pero hasta el medió día se comprendió que era porque el pasó al botadero estaba cerrado y que ya habían dicho en la Municipalidad que por favor, vecinos, guarden su basura en la casa en lo que solucionamos este incómodo y vergonzoso momento.

Nadie hubiera hecho memorable este recuerdo de haberse solucionado el problema de un día para otro. Pero a la siguiente mañana, otro jubilado y otra vecina despeinada se dieron cuenta que el camión no pasó. Y al siguiente otro jubilado y otra despeinada fueron testigos de la misma situación, tan repetida como el resto de la historia misma de Guatemala.

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Vea pues, que la basura crece a cada día en la ciudad como la espuma, tan espontanea como si se reprodujera por sí sola. Todos los días, en los días normales claros, eran metros de desechos los que se acumulaban y que los muchachos limpiaban antes de que todos se levantaran, pero era el tercer día sin el tren de aseo y las primeras montañas de basura se comenzaron a acumular por las esquinas de la ciudad como si de monumentos se trataran. Y vea aquí pues, es donde comienza el centro de esta historia sobre la peste y la histeria colectiva:

Unos vecinos aprovecharon el momento para deshacerse de las cosas inservibles de sus vidas, como camas, hierros viejos, línea blanca inservible… otros renunciaron al hecho de guardar las bolsas en su hogar y las fueron a dejar a las montañas como si fuera su alimento, como la braza del cigarro alimenta la larga soledad de los heridos de amor. Otros más, menos despreocupados, habían llegado a la conclusión de por qué esperar una semana, si cada día podemos deshacernos de la basura del hogar en aquellos botaderos públicos que adornan las avenidas con una autoridad tan prominente.

A la semana la ciudad estaba inundada de mugre y comenzó el terror por enfermarse. Brotaron grupos de vecinos que deseaban limpiar las calles, o por lo menos meter en bolsas negras los restos desperdigados de vergüenza quetzalteca, también salieron otros jóvenes que ya comenzaban a hacer crítica sobre el tratamiento de la municipalidad ante la ridícula situación que se vivía.

Sin embargo el hilo que desató la histeria fue aquel que entretejió el camino de los seis camiones que nadie sabe cómo ni cuándo, fueron a botar basura que saber de dónde la recogieron, a una zona poblada, enfadando así a todo el mundo, incluso a los que no vivían por ahí.

Esa semana los pobladores cercanos a los cerros inmensos de desgracia comenzaron a echarle cal a la putrefacción para espantar el olor de muerte humana que iba y venía con el aire, se metía por las ventanas de los puestos de comida, por los orificios nasales de los niños dormidos, no pedía permiso y atravesaba el beso de los amores febriles, llegaba a la cocina de las señoras de las casas, pasaba con toda clarividencia por las avenidas, bajaba al parque, se metía a la Municipalidad y tocaba el cálido escritorio del Alcalde donde este solucionaba otros tantos problemas que le vinieron encima como un garrafón de agua fría en pleno invierno.

Los vecinos que bloqueaban el paso al botadero aún no cedían a su repentino plan y pedían a cambio el usufructo de una bodega antigua. Pero nada. La población y los sectores populares respondían con un rotundo no ante la solicitud. Para mientras allá afuera, a algún anónimo se le ocurrió incendiar una de las tantas montañas. Fue ahí donde comenzó el final de los tiempos.

La Peste 1 Quetzaltenango

El problema no se solucionó. Y la primera en tener el síntoma de la enfermedad fue una secretaria flemática que sintió respirar el tufo de la desgracia mientras iba por la vida con su juventud añorada. Cayó desmayada y alguien le diagnosticó la enfermedad de la peste. No una de aquellas trasmitidas por la pulga o la rata, que de igual forma mucho tenía que ver con los hechos actuales, sino una trasmitida por la ineptitud municipal y el calor de la impureza que abrigaba al aire quetzalteco.

Fue así como fueron cayendo en la enfermedad, dos, tres, diez, cincuenta vecinos. Cuando las montañas alcanzaron dimensiones considerables, el fuego fue borrándolas de la tierra pero dejaba en el ambiente un humo que hacía toser y que obligaba a las personas aledañas al lugar, refugiarse con las suegras insoportables o en las casas de las hermanas que ya no tenían ni un espacio para un alfiler. Había comenzado el estrés a nivel masivo.

Los negocios cerraron y cada hora que pasaba era de perdida para aquellos de los que su vida dependía del hilo de la suerte y de la venta bendecida de todos los días. Pronto fueron estos comerciantes los que se organizaron, manifestaron frente a la comuna junto a los tantos recicladores que habían pasado los últimos días sin nada que hacer más que esperar un camión que ya nadie sabía si en verdad existió alguna vez. Pronto se le unieron los de turismo, los de cultura, los de los consulados, los grupos de jóvenes que aman su ciudad, los niños enfermos, los maestros, los automovilistas, los sastres, los zapateros, los albañiles, los contadores y todo el mundo hasta que se levantaron las pancartas gigantes pidiendo la renuncia de un alcalde que iba por el mundo preguntándose el por qué  le había tocado aquel terror en pleno octubre, si él para empezar había participado en las elecciones de hace un año para despistar las brumas de la vejez y darle un poco de acción a sus últimos días de vida.

Era un alcalde anciano. Había ganado las elecciones caminando por la ciudad repartiendo calendarios y tocándoles el hombro a los vecinos con una parsimonia de zorro sabio. La gente votó por él porque era el menos malo de una lista manchada por la corrupción y la aberración política. Ahora se preguntaba tocándose el pelo y con las ganas de llorar propia de los niños, si renunciar o no era lo más digno que podía hacer, porque a pesar de todo, la basura era solo una bomba de tiempo, de otras tantas que significaban un montón de problemas en la ciudad que de brotar al mismo tiempo, se convertiría en una desgracia parecida a los suicidios masivos.

Así fue a los diecisiete días sin tren se aseo. Una lluvia fuerte cayó sobre las viejas y desgastadas calles, y sepa usted que en la ciudad cuando llueve se inundan las principales avenidas, sino es que todas. Llovió por horas, con una consistencia terrible y unos vientos que de no estar lloviendo fueran perfectos para volar barrilete. La ciudad pronto pareció un inmenso lago y las montañas que se seguían acumulando como un manifiesto espontaneo, fueron desprendiéndose por pedazos y aquellos bloques de restos de monstruos deplorables nadaban como balsas de un lugar a otro y se colaban por las casas de las zonas más vulnerables. Era de una consistencia pastosa que se metía por los agujeros de los zapatos, se impregnaba en las paredes y tapaba los pocos desagües destapados que quedaban en la ciudad.

La peste Quetzaltenango

No terminó de llover hasta muy entrada la noche. Fue entonces cuando se vieron las primeras antorchas en los centros de cada vecindario e irse uniendo conforme iban avanzando por las calles. Cuando se concentraron en el Parque Central un buen número de enfermos de peste y de personas con escamas, ya las antorchas parecían ser una sola.

Era la consumación de un periodo municipal que terminó antes de haber empezado.  La peste fue entonces un episodio para el olvido.

 

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