Por Luis Pérez

La casa de los esposos Cristóbal Quisquiná y María Castro, se encuentra ubicada en el caserío Xibalbay Aldea Chequijyá, kilómetro 133 de la Ruta Interamericana jurisdicción de Sololá. Chequijyá como todas las comunidades del área rural de Guatemala está olvidada por las instituciones y los programas sociales del estado, pues la mayoría de sus pobladores no tiene acceso a servicios básicos.

En este pequeño poblado Don Cristóbal trabaja la tierra en un terreno aledaño a una tienda, descalzo, se lava las manos y baja a saludar, al ingresar a su hogar pasamos por la cocina donde un televisor viejo muestra alguna caricatura. Al llegar al patio de la casa se observa algo muy parecido al hospital de salud mental Federico Mora que por muchos de nosotros ya fue conocido hace algún tiempo.

En este terreno don Cristóbal lucha por el sustento de su familia. Foto: Luis Pérez.
En este terreno don Cristóbal lucha por el sustento de su familia. Foto: Luis Pérez.

Al centro del patio permanece parada una de las hijas de don Cristóbal, bajo el radiante sol y el calor sofocante, con la mirada perdida casi sin moverse, -ni siquiera se percató que estábamos ahí-. Al fondo en el corredor, dos más de sus hijas sentadas riéndose de cualquier cosa, también con las miradas perdidas, no era una risa normal. Uno de sus hijos varones parado en uno de los extremos del patio solo observa detenidamente mi recorrido, mientras uno más se acerca y me acompaña hasta el final del traslado hacia una habitación amplia, donde don Cristóbal me ofrece tomar asiento para luego contarme su historia.

Once hijos es el fruto del matrimonio de Cristóbal Quisquiná y María Castro, seis de ellos padecen de algún trastorno mental, cinco viven en éste hogar mientras una permanece internada en un centro asistencial en la Antigua Guatemala. Don Cristóbal cuenta que ya son 31 años de vivir en ésta situación y que solo la fe lo mantiene motivado para cuidar de sus hijos y trabajar para mantener a su familia. Al mismo tiempo que continua hablando don Cristóbal, una de sus hijas fuera de la habitación donde nos encontrábamos sacude la cabeza mientras grita y se ríe, esto desvía mi atención de la plática, mientras que para don Cristóbal todo transcurre con normalidad.

Una de las hijas permanece en su habitación durante la visita. Foto: Luis Pérez.
Una de las hijas permanece en su habitación durante la visita. Foto: Luis Pérez.

Los padres de ésta familia aún viven sin tener una explicación real del porqué de esta situación, “Hasta a nosotros también nos examinaron,  nos dijeron que puede ser que, ustedes que son padres, no tienen el mismo tipo de sangre,  pero no salió ningún problema”, seguía contando don Cristóbal mientras corregía a uno de sus hijos que pretendía sentarse en una parrilla: “no mijo allí no te sientes”.

A los dos años los llevaron al Hospital Departamental de Sololá, ahí les indicaron que todo permanecía en absoluta normalidad, las hijas con complicaciones mentales son de las edades de 31, 28, 24 y 14 años y los varones de 22 y 19.

Doña María cuenta que ha sido difícil vivir en ésta situación, todos los días deben realizar el aseo personal de cada uno de ellos y limpiar las camas donde duermen pues ahí defecan. Junto al resto de hermanos menores que nacieron sin ninguna complicación mental, cuidan de ellos para que no escapen, realizan el mantenimiento y les dan de comer. Hace algunos años uno de los varones salio de la casa y fue atropellado por un camión. “Me fueron a avisar a donde estaba tapiscando, pero ya solo me fueron a decir que ya estaba en el hospital, por eso no los podemos dejar solos y en las noches los dejamos encerrados en sus cuartos con el candado puesto o en ocasiones hasta los hemos dejado amarrados”, comenta Don Cristóbal.

Hace siete años aproximadamente los llevaron al hospital departamental de Sololá donde le indicaron que los tenían que llevar de vuelta a su hogar pues ahí no podían permanecer, solo les recetaron unos medicamentos pero según don Cristóbal no les dijeron cuál era el padecimiento de sus hijos.

“Todos los días limpiamos sus camas, todos los días los bañamos, luego les damos el almuerzo,  y así hemos estado siempre, hemos tenido la paciencia” sigue relatando don Cristóbal, que también cuenta que otras personas le recomendaron llevar a sus hijos al Hospital de Salud Mental Federico Mora en la Ciudad Capital pero él no lo ve como una decisión positiva.

Uno de sus hijos nos ha estado observando durante toda la plática. Con la autorización de don Cristóbal, mientras fotografiaba a una de sus señoritas, uno de los varones menores que nació sin ninguna complicación similar, Jaime David de 10 años que cursa el tercer grado de primaria, se acerca y sonríe y comenta que él también cuidad de sus hermanos, les da de comer y evita que rompan cosas de la casa.

“A veces se enferman, pero como ellos no hablan, no dicen cuál es el problema que tienen, siempre los estamos viendo, pero gracias a Dios hemos buscado la manera para que vivan con nosotros” dice don Cristóbal, al mismo tiempo que al fondo se escucha una risa de alguno de sus muchachos.

Llega el momento de retirarme, después de beber un vaso de soda que don Cristóbal muy amablemente me ofrece, me despido y le estrecho la mano, don Cristóbal con una personalidad muy agradable, trabajador, sonriente, una persona que a simple vista pareciera que tuviera una vida ordinaria.

Cristóbal Quisquiná luce el traje típico de Solola mientras trabaja en su vivienda. Foto: Luis Pérez.
Cristóbal Quisquiná luce el traje típico de Solola mientras trabaja en su vivienda. Foto: Luis Pérez.

Salgo de la habitación, vuelvo a cruzar el patio donde observo el mismo escenario del principio, sigo caminando mientras dejo atrás el hogar de la familia Quisquiná Castro, donde definitivamente lo que los mantiene de pie es el amor. A quienes deseen apoyar a esta familia con víveres u otro tipo ayuda pueden comunicarse por mensaje privado a la fan page de Facebook El Mecapal.

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