Es viernes santo y en “La pequeña Hollywood” de Guatemala no hay procesiones ni alfombras. Miles de personas llegan al campo de fútbol en Chivarreto, una aldea del municipio de San Francisco el Alto, Totonicapán.

Los café internet están vacíos y los televisores apagados, los ancianos del pueblo encienden sus radios y sintonizan la emisora comunitaria. “Es que  hoy es un día especial usted, hoy toda la gente sale a ver las peleas” comenta don Julio un sonriente lugareño.

Entre aplausos e incertidumbre los primeros dos contendientes se suben al ring en donde ya hace siglos que se libran estas peleas a puño limpio, una tradición que inició como una penitencia pero que con el paso de los años se convirtió en un espectáculo para todos los pobladores y visitantes que llegan año con año.

Un narrador sentado en la parte trasera de un camión le pone más condimento a las peleas que terminan siempre con un abrazo. Risas, gritos y consignas se escuchan entre los contendientes que llegan de diferentes municipios del occidente y que se contagian con la emoción de ser aclamados como si fueran estrellas del boxeo gringo, pues al ver hacia el cerro frente a la cancha se observa un letrero imponente al estilo Hollywood en el que se lee Chivarreto en letras que miden seis metros cada una.

La aldea Chivarreto esta situada a unos 250 kilometros de la ciudad capital. Foto: Gustavo Rodas

La acción continúa, Eleazar es un hombre robusto que acaba de volver del norte, se sube al cuadrilátero que fue construido en 2014 con la ayuda económica de los paisanos indocumentados en Estados Unidos.

El narrador lo halaga, le dice que es un Chivarretense conocido, Eleazar busca entre los jóvenes alrededor del ring uno que se acerque a su peso y altura, pues una de las reglas establece que los peleadores deben tener la misma constitución física.

Cuando lo encuentra Eleazar lo reta; la pelea se torna entretenida, puño va y puño viene, se empiezan a abrazar y los réferis los separan, porque va en contra del reglamento. Eleazar recibe un golpe y va al piso pero se levanta y de un puñetazo noquea a su rival y gana la pelea.

“¡Púchica, que vergueada! ¿va’ vos?”, le dice un pequeño niño a sus amigos, todos están en primera fila, “Sólo porque no hay para chiquitos, si no te doy riata”, le contesta uno de los pequeños empolvados que añoran estar en el ring, pero las reglas prohíben la participación de menores de edad.

Una de las reglas prohíbe patadas durante la pelea. Foto: Gustavo Rodas

“¿Y las mujeres?”, pregunta en tono de broma un joven que llegó de Quetzaltenango a la señora que vende chicharrines, “No se vale, solo los hombres pelean, nosotras solo miramos y controlamos que no se pongan tan bolos si no ya no los dejan subir al ring, pero usted debería de pelear mire esta alto y gordo, o mejor cómpreme un chicharrín están a quetzal”, le responde la vendedora.

Al terminar la pela los contendientes se abrazan y no hay resentimientos. Foto: Gustavo Rodas

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