Por: Marcelo Colussi

“¿POR QUÉ SONRÍE?”, le preguntaron mientras lo esposaban. “PORQUE DIOS ES BUENO”, respondió el detenido.

“En Guatemala solo borracho se puede vivir”, dijo alguna vez el Premio Nobel Miguel Ángel Asturias. Quizá exageraba, pero la frase guarda algo de razón: la situación diaria es un mostrario de injusticias, de conflictos nunca resueltos, de excesos tan disparatados que invitan a escapar despavoridos. De ahí que el alcohol pareciera una buena puerta de salida.

Pero aún borrachos, la cruda realidad ahí está. Aunque no guste, las injusticias, los conflictos y los excesos se suceden a diario. ¿Qué pasó estos días con ese incidente que funcionó como bomba mediática: el atropellamiento de unos jóvenes que protestaban, con la consecuencia de una muchacha muerta y varios heridos? Más allá del tratamiento amarillista a que nos tienen acostumbrados estas cosas (como cuando hay un accidente de tránsito y la gente provoca interminables colas para detenerse a husmear qué pasó), la marea mediática infló las cosas (seguramente vendiendo más “mercadería periodística” estos días), diviendo la realidad de modo maniqueo entre “buenos” y “malos”. Pero la realidad es infinitamente más complicada que eso, que buenos y malos (eso suena a Hollywood…, y la vida –desgraciada o felizmente– no es esa ramplona banalidad).

¿Quién tiene la “culpa” de lo acontecido, de la muerte de la joven Brenda Domínguez? Una suma de complejidades. Quizá hay que verlo en clave de ese mostrario de injusticias, de conflictos nunca resueltos, de excesos tan disparatados. Una sociedad con una cultura de violencia histórica, donde la impunidad campea altiva, y donde la también mediática “lucha contra la corrupción” desatada desde abril del 2015 no pasa de pantalla distractora (¿en qué mejoró la calidad de vida de los guatemaltecos con algunos funcionarios presos? ¿Terminó acaso la desnutrición, el analfabetismo, la exclusión, la vulnerabilidad ante cada estación lluviosa, la desocupación, la violencia cotidiana de jóvenes que están en maras con Pérez Molina y Roxana Baldetti presos?); una sociedad donde el “98% de los delitos queda impune” (según declarara la anterior Fiscal General), donde un condenado a 80 años de prisión inconmutable por hiper probados delitos de lesa humanidad queda libre dos días después del juicio que le condenara; una sociedad donde por Q. 200 se puede encargar la muerte de alguien a un sicario, y donde por Q. 1,000 se consigue en el mercado negro un fusil de asalto con munición; una sociedad donde diariamente muere más gente por inanición que por hechos criminales (¿el hambre no es un crimen?); una sociedad donde muchos se indignan por un “barco del aborto” que llega a sus costas pero que está entre los principales países latinoamericanos en porcentaje de abortos (clandestinos, por supuesto, con un altísimo índice de mortalidad femenina por las condiciones antihigénicas en que se realizan); una sociedad donde, siguiendo los Documentos de Santa Fe de los tanques de pensamiento estadounidenses, las inglesias evangélicas avanzaron impetuosas en estos últimos años para cerrarle el paso a la Teología de la Liberación de la Iglesia católica (vista como “peligro comunista”), iglesias de donde proviene el padre del hechor del asesinato de la joven Brenda (un pastor “cristiano”); una sociedad donde muchos de sus miembros cargan devotamente en las procesiones de Semana Santa pero al mismo tiempo están de acuerdo con la pena de muerte y los linchamientos; una sociedad donde el hijo de ese pastor, que irresponsablemente atropelló a un grupo de jóvenes que protestaban ante injusticias de su centro educativo, iba desesperado a su trabajo en un call center para no llegar tarde porque, en tal caso, perdería el trabajo (sabiendo que la desocupación constituye un drama sin muchas salidas); una sociedad donde campean los call centers y se ven como “importantes fuentes de trabajo”, aún siendo virtuales maquilas (enclaves que realizan capitales foráneos dada la precariedad de los salarios locales, la excención de impuestos de que aquí gozan, la prohibición de sindicatos); una sociedad donde todo lo anterior es posible, permite (posibilita/fomenta) la reacción alocada de otro joven, para el caso de 25 años, que termina convirtiéndose en asesino. ¿Dios será bueno y lo “salvará”?

¿Quién tiene la “culpa” de lo que pasó el otro día? ¿Tal vez la “psicopatología” de este joven de 25 años, que sonríe bonachonamente esperando una gracia divina? ¿La población que escribe alegremente en las redes sociales que “atropellar está bien, porque los manifestantes violan el derecho a la libre locomoción”? Quizá, para empezar a entender el problema (¡y para buscarle soluciones!) conviene pensar todo esto según las palabras de Tirso de Molina: “¿Quién mató al Comendador? Fuente Ovejuna, Señor. Fuente Ovejuna lo hizo”.

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