Por Marcelo Colussi

Según la Constitución vigente, el Estado debe velar por la vida y por la calidad de la vida de todos los habitantes. Si vemos lo que pasa con el servicio público de pasajeros (urbano y extraurbano), ello no sucede.

¿Dónde está el Estado en todo lo que sigue?

  • Los choferes no tienen salario fijo sino que trabajan por recaudación que deben entregar. Eso hace que se dé una batalla campal para conseguir pasaje. ¿Quién lo regula?
    • Muchos pilotos no tienen licencia de conducir adecuada ni la preparación correspondiente. ¿Quién lo regula?
    • Los vehículos están en malas condiciones y nunca se respetan las normas de seguridad: unidades peligrosas, contaminantes, sin luces, no siempre tienen seguro contra accidentes, viajan sobrecargadas. ¿Quién lo regula?
    • En horario nocturno, en la ciudad capital, se cobra irregularmente un precio del pasaje en forma arbitraria. ¿Quién lo regula?
    • Las empresas de buses reciben subsidios del Estado. ¿Cómo se regula eso?

LA FORMA DE MANEJAR DE LOS PILOTOS DE BUS: PEQUEÑA MUESTRA DE NUESTRA SOCIEDAD

Recientemente, con algunos de mis alumnos hicimos una interesante investigación de campo: contamos cuántas veces pilotos de transporte público de la ciudad capital (excluidos Transmetro y Transurbano) respetan el rojo de los semáforos, y cuántas veces no. En 56% de los casos no lo respetan. Impunemente, en cualquier intersección, incluso con policías de tránsito cercanos, atraviesan pese a la prohibición.

Lo increíble no es sólo el porcentaje de transgresión (muy alto, por cierto). ¡Es la transgresión misma! (y conste que hablamos específicamente de “esa” transgresión: hay muchas más por cierto: cobros abusivos por la noche, irrespeto de las paradas, maltrato a los pasajeros, a veces manejar en estado de ebriedad, etc.) Para el caso, 56% o 3% de incumplimiento de la norma de tránsito da igual: ¿por qué sucede? ¿Por qué es normal cometer tan impunemente estos actos?

El problema es complejo y sirve para ilustrar cómo funcionamos como sociedad. ¿Podría explicarse el fenómeno en cuestión apelando simplemente a la “torpeza” de los choferes? Eso sería demasiado sencillo, y fundamentalmente: incorrecto. Invocar actitudes morales “buenas” o “malas” por parte de los actores implicados es un reduccionismo peligroso. Hay que ver el fenómeno en su conjunto: ¿cómo obtuvieron sus licencias esos pilotos? ¿Quién supervisa su trabajo? ¿Por qué los órganos de control estatal no son lo suficiente estrictos para impedir esto? ¿Por qué la población no reacciona indignada ante la situación? Y más aún: los pilotos, en tanto trabajadores, no están emplanillados sino que laboran “a destajo”, por una recaudación diaria que deben rendir al propietario del vehículo, la cual no importa cómo se haga (transgrediendo semáforos en rojo, disputando pasaje con otras camionetas, huyendo cuando tienen un accidente), que una vez obtenida permite empezar a generar su propia ganancia diaria (a lo que hay que sumar, por supuesto, las extorsiones que religiosamente deben pagar a las pandillas, en muchos casos con anuencia policial).

Visto así, como fenómeno complejo y no simplemente como producto de la intrínseca “brutalidad” de los “malos e irresponsables” choferes, las cosas se complejizan, pues va quedando claro que se trata de un problema social, cultural, que rebasa en mucho actitudes personales. En definitiva: un problema ciudadano (de la civitas latina), o político (de la polis griega). “Una” conducta transgresora determinada puede ser producto de una psicopatología (un violador, un asesino en serie, un estafador); cuando la misma pasa a ser “normal”, cultural, hecha por todo el mundo, no es una cosa aislada, “enfermiza”, sino un eslabón más de una larga cadena. ¿Dónde arranca la impunidad? ¡No en el chofer! Él es expresión de esa impunidad histórica que nos determina. ¿Por qué, por ejemplo, los dueños de las camionetas, ante un accidente, nunca saben quién era el chofer? ¿Nadie supervisa eso? La impunidad, como vemos, tiene numerosas aristas.

¿Por qué decir que es “histórica”? Porque no inicia en ese piloto concreto de carne y hueso que hoy, tranquilo, atraviesa el semáforo en rojo (o maneja con tragos encima, o se detiene en cualquier lado a orinar junto a la rueda del vehículo, etc.). Cualquiera de esas conductas determinadas –reprochables sin dudas– es producto de una acumulación de causas. Si el marco general donde se vive fomenta la impunidad, el autoritarismo, el irrespeto del más débil, ¿por qué el piloto sería distinto?

En Guatemala desde hace siglos el que manda hace lo que quiere sin freno: el varón sobre la mujer, el ladino sobre el indígena, el que está “arriba” sobre el que está “abajo” –¿quién se hace responsable de los 245,000 muertos en la guerra, por ejemplo?–.

¿Podemos creer que nunca los propietarios de las unidades de transporte desconocen quién pilotea cuando hay un accidente? La cultura de impunidad está en el ambiente, alentada desde “arriba”. También la ejercerá, entonces, quien tiene un timón en sus manos. ¿Por qué no?

En Guatemala desde hace siglos el que manda hace lo que quiere sin freno: el varón sobre la mujer, el ladino sobre el indígena, el que está “arriba” sobre el que está “abajo” –¿quién se hace responsable de los 245,000 muertos en la guerra, por ejemplo?–.

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